La psicología ha carecido en las últimas décadas de
una adecuación conceptual y metodológica, a lo que el escritor John Brockman ha
denominado la “tercera cultura”. Para Brockman esta “filosofía natural” la
conforman dos campos de saber; uno, un nuevo humanismo que concibe la cultura,
el lenguaje y al hombre dentro de una explicación naturalista, y que además hace
uso de la sabiduría, la literatura o el arte para la comprensión del hombre y el
Universo. Para esta nueva concepción epistémica, también denominada “nuevo
humanismo científico”, el hombre de ciencia no es enemigo de la tradición
literaria, filosófica o de sabiduría; la ciencia ilumina su ejercicio de comprensión
con otros saberes.
Por lo demás, este nuevo humanismo no se opone a la
ciencia y a la tecnología contemporánea. Estas nuevas ciencias y estas nuevas
tecnologías son el segundo campo propio de la “tercera cultura”.
La ciencia moderna fue renovada en el siglo XX con
especializaciones y campos de investigación, que han pluralizado los objetos de
indagación científica, las tecnologías y sus aplicaciones, y que se expresan en
disciplinas, técnicas, hipótesis o ciencias como la astrofísica, la nanotecnología,
la física cuántica, la informática, la incertidumbre, el caos, la complejidad,
los fractales, la ingeniería genética, los sistemas emergentes. Uno de los objetos
renovados, por la ciencia contemporánea, es la “mente”; un concepto ahora
dentro de un marco postmetafísico, esto es, una explicación evolucionista o
naturalista de la mente.
El ensayo El
Cisne Negro, de Nassim Nicholas
Taleb, está concebido dentro de esta nueva visión epistemológica. Taleb se
presenta a sí mismo como un pensador de la incertidumbre más que un hombre de
ciencia, un matemático o un científico. Su libro, lo afirma, trata de la
incertidumbre. Una de las fortunas de la “tercera cultura”, o esta nueva
cultura tecno-científica que surgió en el siglo XX, es la habilidad de estos
científicos para divulgar sus ideas, más allá de las fronteras aldeanas en que
habitan los expertos.
Taleb, de origen libanés (o levantino, como gusta a
este pensador ser nombrado), y residente en Estados Unidos, es profesor de la
Universidad de Massachussetts en Ambherst; sus especialidades son las
probabilidades y la incertidumbre.
A diferencia de una epistemología “anarquista”, como
la de Paul Feyerabend, la oveja negra del popperismo, o de la epistemología
“postestructuralista”, en que todo es historia o lenguaje, Taleb, como matemático
“empírico” se ha ocupado de investigar
las reglas y la lógica del juego, la suerte, las probabilidades, la
incertidumbre y las estructuras mentales humanas que la niegan, entre otros
fenómenos conexos, desde una orientación naturalista o práctica.
En este ensayo se ocupa de explorar la incertidumbre.
Para su investigación recurre a una metáfora; “El Cisne Negro” es su metáfora
sobre la incertidumbre. Nuestro mundo está gobernado por lo imprevisto: “[…] el
mundo en que vivimos tiene un número creciente de bucles de retroalimentación
que hacen que los sucesos sean la causa de más sucesos”, lo que genera un
efecto de bola de nieve, que “afecta todo el planeta”. (p. 28).
El concepto de “cisne negro” fue empollado por Karl
Popper. Era el corazón de su demarcacionismo científico; para discernir entre
una teoría científica, siempre conjetural, de las no ciencias, tales como el psicoanálisis o el marxismo, tenemos que
aplicar el “falsacionismo”. Su propuesta se resumía así: lo que podemos hacer,
con una teoría científica, no es verificar si “todos los cisnes son blancos”,
sino sí hay al menos un cisne negro. Si encontramos un cisne negro, una hipótesis
predominante quedará “falseada” o “refutada”. O en el sentido de la sentencia
de Taleb, “falsar es demostrar que se está equivocado”. La hipótesis (“todos los cisnes son blancos”)
que resista un cisne negro, merece el adjetivo de “científica”.
Por otro lado, y es su horizonte filosófico, Taleb
considera a Popper como el único filósofo de la ciencia que se lee y quien escribe para los hombres reales del
mundo. Taleb busca, al igual que Popper, ser tomado como un filósofo de la
ciencia (o un “filósofo científico de la historia”) con su concepto del Cisne Negro:
“lo desconocido, lo abstracto y lo incierto impreciso”, que se manifiesta en lo
que llamamos con tanta impresión, pero con
cierta confianza, como realidad.
Su investigación se ocupa, en sus palabras, de los
sucesos trascendentales, altamente improbables. No sería la primera vez que un economista se
convierte en filósofo.
La zoología ha comprobado, por su parte, la existencia
de estas aves, en apariencia seres fantásticos de la epistemología popperiana. Los
cisnes negros existen; su hábitat es Australia. Pero más allá de este
descubrimiento empírico, una consecuencia para el pensamiento contemporáneo de
estos eventos es la importancia vital de entender la incertidumbre.
La idea del Cisne Negro se basa en la estructura aleatoria
de la realidad empírica. Nassim Nicholas Taleb, explora la noción de
incertidumbre aun en las estructuras mentales que hacen posible que siempre
ideemos explicaciones “después del
hecho [un cisne negro, por ejemplo], con lo que se hace explicable y
predecible” (p. 23). Tenemos la tendencia natural (“el empirismo ingenuo”) a
fijarnos sólo en los casos que confirman nuestra historia y nuestra visión del
mundo. Cuando nuestra mente se habitúa a una determinada visión del mundo
considera únicamente los casos que la confirman.
A esta tendencia es posible contraponerle el
“empirismo negativo”: los hechos corroborativos no constituyen “necesariamente una prueba”. Ver cisnes
blancos no confirma la inexistencia de cisnes negros. Nuestro bagaje, contrario
a lo que se piensa, no aumenta a partir
de una serie de hechos confirmativos.
El ejemplo del pavo es ilustrativo para Taleb. El
“superfilósofo” Bertrand Russell había refutado al “empirismo confirmativo” con
un pollo (Taleb suplanta el pollo por un pavo). El problema de la Inducción o
el Problema del Conocimiento Inductivo, la “madre de todos los problemas de la
vida”, es la tragedia del pavo antes del día de la Acción de Gracia. Una tarde
el pavo tiene que revisar su creencia; su generoso alimentador, en los últimos
999 días, se convierte en verdugo. Entre mayor grado de confianza del pavo, más
altas son las probabilidad de riesgo.
Esta generalización ingenua nos acosa en cada forma de
leer el mundo. Poner en duda nuestras interpretaciones sobre la realidad, agota.
Nuestras obras artísticas y científicas son productos de nuestra necesidad de
“reducir las dimensiones e imponer cierto orden en las cosas”. Tanto una
novela, un mito o una teoría científica nos ahorran la complejidad del mundo, y
nos protegen de su aleatoriedad. Tendemos a utilizar el conocimiento como
terapia, como estrategia curativa contra la incertidumbre.
La biología confirma esta tendencia humana a reducir
las dimensiones del mundo para darle un orden. En los estudios sobre neurotransmisores
se ha descubierto la relación entre la dopamina, por ejemplo, y la búsqueda
innata de patrones. Nuestra mente está presa de nuestra biología. Una porción
extra de dopamina disminuye el escepticismo, que se “traduce en una mayor
vulnerabilidad” para la detección de patrones. La aplicación de L-dopa (droga
que se emplea para el tratamiento del Parkinson) puede producir una mayor
propensión hacia “la astrología, las supersticiones la economía y la lectura
del tarot” (p. 121). Entre los efectos secundarios de la L-dopa, está la
compulsión al juego (pacientes que creen ver patrones claros en números
aleatorios). Taleb advierte al lector que no pretende reducir la dopamina como
la explicación de nuestra interpretación exagerada o sesgada del mundo, sino
mostrar una correlación física y neural en el funcionamiento cognitivo.
Esa misma tendencia a simplificar (somos primates
“ávidos de reglas […] [y necesitado de] reducir la dimensión de las cosas”) nos
empuja a creer que el mundo es menos aleatorio de lo que es.
Nuestro cerebro está diseñado para aprender lo preciso
y lo general. Nuestra cerebro no aprende reglas sino hechos y sólo hechos. Por
eso preferimos más lo anecdótico que lo experimental. Desdeñamos con pasión lo
abstracto. Cada prueba experimental muestra que pensamos mucho menos de lo que
creemos, “a excepción, quizá, de cuando pensamos en esta misma realidad”.
La realidad la abordamos con la “platonicidad”, o el
“deseo de dividir la realidad en piezas nítidas”. Nuestro cerebro-mente
confunde el “mapa con el territorio”, y nos centramos en ‘formas’ puras y bien
definidas, sean objetos, como los triángulos o las ideas sociales”.
La platonicidad es el sesgo mental que nos hace pensar
que entendemos más lo que en realidad entendemos. Confiamos demasiado en lo que sabemos más que
en lo que no sabemos. La historia es un ejemplo de esos “trastornos” o “sesgos”
cognitivos: (a) La ilusión de comprender cuando el mundo es más aleatorio de lo
que aspiramos o creemos; (b) “la distorsión retrospectiva”, que permite evaluar
los hechos después de ocurridos, y luego, con retrovisor, organizarlos y explicarlos
con una coherencia que asombra; (c) la “valoración exagerada de la información
factual, y la desventaja de los eruditos” que “platonifican” la realidad sobre
los hombre de la calle.
A esa tendencia natural de prestar atención a los
casos que confirman nuestra historia y visión del mundo, Taled la denomina
“empirismo ingenuo”: confirmamos con facilidad, desconociendo que “una serie de
hechos corroborativos no constituye necesariamente
una prueba” (p. 107; el subrayado es del autor). Por paradójico que parezca,
escribe Tale:
[…] sé que afirmación es falsa, pero no
necesariamente qué afirmación es correcta. Si veo un cisne negro puedo
certificar que todos los cisnes no son
blancos. Si veo a alguien matar, puedo estar seguro de que es un criminal.
Si no lo veo matar, no puedo estar seguro de que es un criminal. (p. 107).
Taled lleva el falsacionismo popperiano hasta su
límite: nos acercamos más a la verdad mediante ejemplos negativos, que mediante
la verificación. Podemos aprender de los datos, pero no tanto como anhelamos.
Esos “sesgos” (errores sistemáticos “que de forma
coherente muestra un efecto positivo, o negativo del fenómeno”) hacen que
nuestra mente tienda a considerar como más predecible algunos hechos de lo que
en realidad son. El cerebro, esa hermosa máquina de explicar, hábil para hilar
sentidos y encadenar explicaciones, está incapacitada para la idea de lo
impredecible. Una de las frases favoritas de Taleb refleja esa impredictibilidad:
“La historia y las sociedades no gatean: avanzan a saltos”. La historia no
tiene un progreso instrumental y planeado; está bajo la sombra del Cisne Negro.
Esa “platonicidad” se apoya en nuestra memoria
limitada y filtrada; recordamos lo que coincide con los hechos. Sin embargo, el
conocimiento puede tener un valor dudoso al igual que la información. Esa
tendencia a la reducción para interpretar el mundo, puede hacernos olvidar
fuentes de incertidumbre que pueden tener consecuencias que quizá no podamos ni
si quiera especular (una catástrofe nuclear o estelar, las guerras, la mayor
crisis bursátil de la historia moderna, etc.).
En una media, Mediocristán, el reino utópico del
promedio, lo importante es la regla que afirma que “Cuando la muestra es grande, ningún elemento singular cambiará de forma
significativa el total”. En el otro reino, de las singularidades,
Extremistán, la regla es: “las
desigualdades son tales que una única observación puede influir de forma
desproporcionada en el total” (por ejemplo, promediar las fortunas de 999
hombres comunes y un multimillonario como Bill Gate).
Casi todos los fenómenos sociales habitan en
Extremistán. Taleb propone una lista de esos fenómenos: la riqueza, los
ingresos, las ventas de libro por autor, las citas bibliográfica por autor, el
reconocimiento de nombres como ‘famosos’, el número de referencias en Google,
la población de las ciudades, el uso de las palabras de un idioma, el número de
hablantes de una lengua”, las guerras civiles, entre otros imprevistos que
inciden en nuestras vidas, individuales y como especie.
En el reino del promedio, confundimos la afirmación de
“casi todos los terroristas son musulmanes”, con el aserto de “casi todos los
musulmanes son terroristas”. O la aclaración de John Stuart Mill, citada por
Taled: “Nunca quise decir que los conservadores en general sean estúpidos. Me
refería a que la gente conservadora normalmente es estúpida (p. 102).
La idea de Taleb es más radical de lo que en
apariencia postula. En una de sus páginas leemos: “Una pequeña cantidad de
Cisnes Negros explica casi todo lo concerniente a nuestro mundo, desde el éxito
de las ideas y las religiones hasta la dinámica de los acontecimientos
históricos y los elementos de nuestra propia vida personal”.
Pero el libro de Taleb no merecería tal importancia si
solo explorara estos sesgos cognitivos (o conceptos como “la especificidad de
dominio”, “la falacia narrativa”, “el sesgo de confirmación”, la información, “la
pruebas silenciosas”, entre otros), con sus plurales ejemplos, o la radicalidad
filosófica en que el arjé o principio
del universo es la incertidumbre; el libro tiene una pretensión epistémica y
política, que Taleb nombra como “libertarismo académico”. Entre sus múltiples
dianas de su militancia, podemos tomar dos; la “ciencia económica”, y la
aplicación de la estadística a las ciencias sociales, como divisa de rigor.
En estas ciencias los expertos se sienten obligados a
dar una razón. Taleb ha indicado
previamente que “tenemos profesiones en que los expertos desempeñan un papel, y
otras donde no hay pruebas de la existencia de destrezas”. Su lista, ampliada,
la toma del psicólogo James Shanteau. “Expertos que tiende a ser expertos”: “los
tasadores de ganado, los astrónomos, los pilotos de prueba, los tasadores del
suelo, los maestros de ajedrez, los físicos, los matemáticos […], los
contables, los inspectores de grano, los intérpretes de fotografía, los
analistas de seguro […]”.
Expertos que tienden a ser no expertos: “los agentes
de Bolsa, los psicólogos clínicos, los psiquiatras, los responsables de
admisión en las universidades, los jueces, los concejales, los selectores de
personal, los analistas de inteligencia [v.g. la CIA], […], los economistas,
los analistas financieros, los profesores de economía, los politólogos, los
‘expertos en riesgo’”, entre otros. En este campo abundan, sin embargo, los
“másteres del universo”.
Como asesor financiero Taleb ha aplicado sus
investigaciones a los comportamientos económicos. Su sentencia es perturbadora:
predomina lo aleatorio. Los organismos multinacionales como el FMI (Fondo
Monetario Internacional), en que se encuentran algunos de los más renombrados economistas
del mundo, tienen tan pocos aciertos que parece más una logia de adivinos que
de científicos. Los economistas ganan fortunas, son estrellas mediáticas y los
asesoran equipos que mascan números y proyecciones, y sin embargo no predicen
nada; hacen previsiones después del acontecimiento económico (un “crack”
financiero, la bonanza económica, el futuro de los intereses, etc.). De un
millón de artículos en economía, análisis de inversión y política, pocos tienen
comprobaciones sobre las cualidades predictivas de sus conocimientos, sentencia
Taled. Predicen poco, pero cada uno de estos expertos gana cada vez mayor
confianza en sus propias destrezas más que en sus vaticinios. Los economistas
ignoran cualquier información por fuera de su mundo (leen demasiado periódicos
financieros, olvidando, según Taleb, que “la lectura del periódico disminuye nuestro conocimiento del
mundo”).
Los expertos cuentan, no obstante, con el recurso de
la erudición y el buen decir para simular ese conocimiento profundo en el reino
de lo imprevisto como son la economía y la política.
Para este matemático la predicción es la auténtica
prueba de nuestra comprensión del mundo; solo que esa comprensión es limitada,
y casi inexistente en los fenómenos que investigan las ciencias sociales.
Tenemos una tendencia natural a escuchar a los expertos, aun “en campos en los
que posible que éstos no existan” como en la política y la economía.
De igual modo, Taleb nos recuerda, de paso, que
atribuimos nuestros éxitos a nuestras destrezas, y nuestros fracasos a la
aleatoriedad. Los homo sapiens somos
máquinas de autoengaño.
En las ciencias sociales proliferan los métodos
estadísticos complejos y sofisticados que no dan necesariamente previsiones más
acertadas que cuando se utilizan métodos sencillos en los mismos fenómenos. El
uso de la curva de campana (la marmórea “campana de Gauss”) es uno de esos
refinamientos metodológicos inútiles para predecir sucesos políticos, sociales,
económicos o climáticos. Estos fenómenos tienen
demasiado ruido aleatorio (ruido que se confunde con la información).
Taled con este libro tan provocador como sabio,
pretende continuar con la labor de los filósofos, a los que considera como los
“perros guardianes del pensamiento crítico”. Para este matemático de
probabilidades, la filosofía debe
transcender la academia o la propia filosofía; la raíz de la filosofía,
según esta concepción popperiana que toma como suya Taleb, son problemas por
fuera de su dominio de pensamiento. Los problemas filosóficos mueren si esas
raíces se secan.
Frente a la tendencia “platónica” de la mente Taleb exalta
las virtudes de las mentes “aplatónicas” (contrarias a las mentes
“platónicas”); son abiertas, escépticas y empíricas. Hacen parte de las
estirpes del filósofo Sexto Empírico, quien quizá fue el primer en descubrir el
Cisne Negro en el siglo II de nuestra era. Si algo pretende esta filosofía
sería, casi como una fórmula de vida, “aprender a vivir sin una teoría general”
(p. 265).
Por otro lado, este libro es tan sensato que es casi
impracticable. O para tomar en préstamo una expresión de Taleb, es un libro contrario
al “redil platónico”, que es impune a la presencia de los Cisnes Negros.
Los expertos de las matemáticas podrán encontrar este
libro frívolo. A ese comentario falsamente aristocrático de un una élite
experta, Taleb responde que su ensayo es una “meditación compulsiva, no un
informe científico”. Él también se lamenta, al igual que sus detractores, que
las metáforas y las narraciones tienen más fuerza que las ideas.
El libro frívolo o no, es una introducción divertida y
filosóficamente sana para adiestrar a nuestra mente a la presencia, cada vez
mayor, de Cisnes Negros.
Este libro combina tan sabiamente metáforas, historias
e ideas, que quizá sus críticos o sus detractores pierdan poco si se lo toman
en serio. Además, para expertos y no expertos, el libro tiene un capítulo
técnico (“La curva de campana, ese gran fraude intelectual”) y un breve
“glosario” y “notas” que explican los conceptos de uso propios de la
incertidumbre así como autores y comentarios que los que lo soportan.
No sobra advertir que el libro de Taleb es ya un Cisne
Negro
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